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sábado, 7 de marzo de 2015

Talleres de verano


Los robots (propios) vienen marchando



En la Villa 20 y Los Piletones, niñas y niños de entre 10 y 13 años aprenden robótica y programación en talleres organizados por una asociación civil que recurrió al crowdfunding y las alianzas estratégicas con fundaciones y posgrados universitarios.

Por soledad Vallejos


Adentro, el murmullo es una oleada entusiasta que sube y baja. No importa el calor, que trepa a medida que corren los minutos y van cayendo, al salir del colegio, participantes rezagados, hermanitos, amigos, alguna madre curiosa que mira desde el fondo. Afuera, sobre la Villa 20, cae una de las últimas tardes de verano y el aire huele a carbón que pelea para quedar encendido. El aroma apenas si se atreve a remolonear entre las mesas del centro comunitario, que para una veintena de chicas y chicos de entre 10 y 13 años hoy, ahora, es el centro no del mundo, sino del universo: ante ellos se despereza un robot.
A ese robot, que es una barrera con sensor de movimiento capaz de detectar obstáculos, lo armaron ellos. Lo hicieron crecer desde que eran poco más que unas piecitas sueltas en una caja; lo desarmaron cuando vieron que algo no funcionaba, lo corrigieron; lo volvieron a ensamblar. Hace un rato arreciaban los “seño, ¿qué llave uso?”, “profe, ¿así?”. Ahora, ni mu en la casa 17 de la manzana 22. La concentración está en constatar que sí, lo que hicieron es real. Está por terminar una de las clases de robótica del taller de verano, en un rato vendrán las galletitas, el jugo, las charlas de la merienda. Pero qué importa: el robot se mueve.

Como muñecas rusas

Una cosa lleva a la otra, o mejor dicho, se desprende de la otra. En la Villa 20 hay un solo ciber, y la falta de competencia, el reinado del mercado cautivo, se nota: imprimir un CV, algo esencial para chicas, chicos y no tan jóvenes que salen a buscar trabajo, puede costar 20 pesos. La señal de teléfono celular y de Internet es una ilusión, todavía más que en el resto de la ciudad. Acá, al otro lado de las vías del ferrocarril Belgrano Sur, en el polígono entre la Escuela de Policía y lo que fue el Parque de la Ciudad, en esta zona que los mapas oficiales no reconocen pero los mapas satelitales retratan al detalle, cuesta más el acceso a la tecnología que en otros barrios es cotidiano.
Madres y padres de los chicos que concurren al Centro Comunitario de AFOC, la Asociación Civil para el Fortalecimiento Comunitario, lo saben perfectamente. Por eso sus hijos llegan puntuales al lugar dos veces por semana: un día para el taller de robótica y otro día para el de programación, en el que durante el verano aprendieron a programar secuencias de dibujos animados en las netbooks del plan nacional Conectar Igualdad y el porteño, Sarmiento BA. Lo mismo pasa en el centro de Piletones. En los dos barrios, nenas y nenes reaccionan con las mismas expresiones de incredulidad y entusiasmo, aseguran la docente Noelia Lynch y la licenciada en Ciencias de la Comunicación Laura Figuereido, dos de las integrantes del Proyecto Atalaya Sur, a través del que AFOC desarrolla estos programas y también el de conectividad, en el que alumnos del posgrado en Ingeniería en Telecomunicaciones de la UTN Buenos Aires colaboran para mejorar el acceso a Internet en la villa.
“Queremos que los vecinos puedan transformarse en productores de contenido en la web, que haya apropiación individual y popular de la tecnología”, dice Figuereido, quien explica que una manera infalible de llegar a los adultos es comenzar con los niños de la familia. Por eso son ellos los que estuvieron concurriendo en enero y febrero, y lo siguen haciendo ahora, a los talleres de programación que dictan en el centro comunitario docentes de la Fundación Sadosky. “Los pibes hacen animaciones, animan dibujitos y arman algún videojuego”, explica Lynch, que, como otros integrantes de su organización, hace unos pocos meses no se imaginaba ni remotamente cerca de un robot, una pantalla con código de programación, y tuvo que capacitarse. Claro que, en realidad, la historia empieza un poco antes: cuando los talleres eran una idea y los fondos para conseguir los materiales, también.

El camino de una idea

Para un taller de programación, además de la predisposición de los docentes de la Fundación Sadosky, chicas y chicos no necesitaban más que entusiasmo y las netbooks escolares. Pero para un taller de robótica hacía falta, además de la participación de “el profe Iván” y “la seño Ornella”, algo elemental: el kit que permitiera armarlos. No era tan fácil. Lynch recuerda que, en principio, contactaron a la filial local de una gran empresa de juguetes que en su catálogo incluye kits de robótica y tecnología para aprendizaje. ¿La empresa tendría algún descuento para estos casos, algún programa de Responsabilidad Social Empresaria que se entendiera con este tipo de proyectos? Nada. En ese trance descubrieron que una empresa argentina, Robot Group, fabricaba exactamente lo que necesitaban, a menor costo, y con talleres de capacitación para los docentes. Era un avance, pero seguía faltando algo esencial: el dinero.
Lynch contó el proyecto en Twitter, más por compartir el pesar ante el obstáculo que esperando una respuesta; pocos días después, con ayuda de otros tuiteros, presentó la idea en una idea.me, la plataforma de crowdfunding que permite, lisa y llanamente, armar una vaquita entre cuantos quieran. “Robots para la inclusión”, como se llamó la idea en la web, se proponía como meta súper ambiciosa recaudar 22.500 pesos; convocó a 85 personas y reunió el 80 por ciento del total. Con eso, AFOC pudo comprar tres cajas tecnológicas (el kit que trae todos los implementos necesarios para armar distintos robots), cargadores de pilas (que son necesarias para dar energía a parte de los robotitos) y baterías para netbooks.
Hoy cada una de esas cajas está ahí, sobre las mesas que reúnen a nenas y nenes. En tres meses, otro grupo hará lo propio, y estos chicos aprenderán algo un poco más complejo.

Tercer tiempo

—¡Seño! ¿Acá falta un cuadradito? –grita una nena pizpireta desde el fondo a Ornella, la docente de Tecnología que no se mosquea ni un momento en medio del vendaval de entusiasmo infantil.
–A ver... –dice la docente, acercándose a la mesa bajita con mini sillas—. No.
–¿Y qué llave vamos a usar, seño?
–La hexagonal.
La nena busca, rebusca. Sus compañeritos de mesa miran expectantes y sin tocar, porque cada uno respeta celosamente el rol que le tocó para hoy: alguno lee las instrucciones, otro alcanza las herramientas, otro ensambla, y así. Reina la concentración, pero no el desconcierto. La manito emerge victoriosa.
–¿Esta?
La tarde se va. La carreta está lista. Pasan unos minutos y por el aire cruzan los bips cortitos, suaves, de una alarma que sube desde cada una de las mesas. Es el sonido del sensor ubicado en cada una de las barreras. Cada grupo de chicas y chicos terminó una pequeña carretilla; después, abrieron un programita en sus netbooks y lo coordinaron con el robot. Cuando acerquen la carretilla a la barrera que habían construido la semana pasada, y que ya tiene pilas, verán que el sensor detecta el obstáculo y la barrera se levanta.

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viernes, 4 de abril de 2014

Escuelas para sectores vulnerables

Públicas, gratuitas y técnicas

En el marco de un programa del Ministerio de Educación, comenzaron a funcionar tres nuevas escuelas secundarias, creadas por las universidades de San Martín, Avellaneda y Quilmes y dirigidas a alumnos de sectores sociales vulnerables.




El Ministerio de Educación y las universidades nacionales están impulsando la expansión de las escuelas secundarias técnicas dependientes de las casas de estudio de todo el país. Se trata de un proyecto de inclusión social propulsado por la cartera educativa, denominado Programa de Nuevas Escuelas Secundarias Dependientes de Universidades Nacionales. Las primeras tres experiencias acaban de comenzar el ciclo electivo este año: se trata de colegios de las universidades nacionales de San Martín (Unsam), Avellaneda (Undav) y Quilmes (UNQ), que fueron presentados en un acto esta semana en Casa de Gobierno. La propuesta es crear escuelas medias, públicas y gratuitas, con un énfasis especial en la formación de chicos y chicas de sectores vulnerables, y con un sistema articulado con la educación superior, para los alumnos que quieran seguir estudios de grado.
“Es una apuesta al futuro, a la utopía, a que se puede, todo ello en concordancia con las políticas de Estado y el compromiso social de la universidad”, dijo a Página/12 la flamante directora de la Escuela Secundaria Técnica de la Undav, Julia Denazis. Y añadió: “Estos chicos tienen que tener la mejor formación, y por ello contamos con un cuerpo de profesores impecable, con compromiso y entusiasmo”. En tal sentido, Javier Río, director de la escuela de la Unsam, aseveró: “Es una experiencia académica de calidad, integrada al mundo del trabajo y a los proyectos comunitarios del barrio”.

La iniciativa acordada por Educación con las universidades nacionales apunta a desarrollar una transformación de la escuela secundaria hacia una escuela de calidad, para sectores sociales vulnerables que muchas veces fueron marginados y quedaron fuera del sistema educativo. “El problema de la deserción escolar y de la repitencia es muy cruel, porque el pibe queda afuera, queda afuera de las posibilidades de trabajo, de una educación donde pueda integrar su proyecto de vida”, afirmó Río.
Las tres nuevas escuelas están ubicadas en el conurbano bonaerense, en la zona de influencia de las universidades de las que dependen, y están dirigidas a los sectores más vulnerables de la población. Jorge Calzoni, el rector de la Undav, dijo en el acto de apertura: “Nuestra escuela tiene un esquema distinto. Somos nosotros quienes vamos a buscar a los chicos para que estudien. Queremos darles la posibilidad de que salgan de una situación compleja mediante el estudio y la obtención de un título técnico”. Uno de los alumnos de la escuela de Avellaneda, de 17 años, relató sus sensaciones en el primer día de clases: “Yo no estaba yendo al colegio y, cuando pasaron por mi casa y me hablaron de esta escuela, me anoté. Me di cuenta de que no estaba bien no ir a la escuela y voy a hacer el esfuerzo para cursar”.

La Unsam, destacó Río, viene “trabajando desde hace mucho tiempo con organizaciones barriales, así que no fue difícil hacer la inscripción, porque el vínculo ya existía. Pusimos oficinas de inscripción en lugares clave, como en una radio comunitaria, en la parroquia de José León Suárez, trabajamos con la Iglesia, con las organizaciones barriales y los distintos partidos políticos”.
Otra característica diferente de estas secundarias es el seguimiento que se les hace a los estudiantes. El Ministerio de Educación desarrolló con cada institución un sistema en que todos los profesores tienen una acción tutorial para realizar. Además, cuentan con un grupo de docentes –coordinadores de grupo– que hace un seguimiento personalizado de los chicos, teniendo en cuenta las necesidades grupales. Pero, más importante aún, estas escuelas tienen dos vicedirectores, uno académico y otro socioeducativo, cuya tarea es vincular la institución con la familia y el barrio. “Sin estos recursos de tutores, de coordinadores, de directores socioeducativos, sería casi imposible llevar la tarea adelante”, contó Río.

El Ministerio de Educación trabaja hace varios años para recuperar la enseñanza técnica, que sufrió particularmente las reformas educativas de los ’90. Por eso, en este programa también se enfatizó la orientación de los colegios. La escuela de la Undav otorga el título de Maestro Mayor de Obras, mientras que la escuela de la UNQ tiene tres orientaciones: Técnico en Industrias de Procesos, Técnico en Programación (informática) y Técnico en Alimentos. “En todo San Martín hay solamente seis escuelas técnicas –dijo Río–. Si tenemos en cuenta que a todo el partido se lo consideró en algún momento la capital de la industria, se ve cómo se desmembraron las escuelas técnicas.”
Informe: Laura Guarignoni.

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