La historia de la revista de ciencia ficción "El Péndulo", a cuarenta años de su creación
Acaba de ser digitalizada por el Archivo Histórico de Revistas Argentinas
La
revista El Péndulo se convirtió en una de las más importantes del
género de ciencia ficción, concebida para la difusión de autores
locales, como Elvio Gandolfo, Pablo Capanna y Carlos Gardini, y un
amplio abanico de extranjeros, de Ursula K. LeGuin a J.G. Ballard,
Stanislaw Lem o Mario Levrero. Iba a salir en 1975 pero el Rodrigazo la
postergó. En 1979, plena dictadura, apareció el primer número en
ediciones de la Urraca. Los últimos cinco números llegarían en 1987. El
Archivo Histórico de Revistas Argentinas acaba de digitalizar el
catálogo completo. A cuarenta años de su irrupción, es un buen momento
para reconstruir la historia de una revista que llegó a ser considerada
la mejor publicación sobre ciencia ficción del mundo entero. Y que, en
palabras de su creador, Marcial Souto, permitió a muchos lectores vivir
de la imaginación en una época oscura.
Sentado en su oficina, Francisco “Paco” Porrúa tenía dos novelas sobre
el escritorio y un trabajo por delante: elegir su próxima traducción.
Exhaló profundamente. Se inclinó sobre la primera, apoyó la nariz y
olió. Hizo una pausa breve y repitió la operación sobre la segunda.
Pensó un par de segundos y, con aire triunfal, levantó la novela
ganadora. En su foja de servicios, el fundador de Minotauro tenía la
contratación de Cortázar y García Márquez para Sudamericana, de manera
que Marcial Souto tomó nota. La lección de su maestro era casi zen: si
alguna vez iba a fundar su revista de literatura, tendría que seguir su
propio instinto. El olfato es el olfato.
Nacido en La Coruña durante 1947 y emigrado a Montevideo, Souto fue
irradiado por los rayos gama de la ciencia ficción en una encrucijada
fatal: entre las librerías de Tristán Narvaja, las malas traducciones de
Nebulae y las páginas de la revista Minotauro. Poco a poco,
empezó a incubar la idea de una revista. Sabía que en ese bunker se
reunirían los créditos locales (Gandolfo, Capanna, Gardini) y que
recibiría a todas las variables del género: desde el humanismo de Ursula
K. Le Guin hasta la distopía ballardiana, pasando por la ciencia
ficción dura, el mero fantasy y la distorsión kafkiana de Mario Levrero.
No podía saber que su primer número se publicaría en plena dictadura,
ni que dejaría una huella indeleble en miles de lectores que, décadas
más tarde, atesorarían o perseguirían sus números perdidos entre la web y
los pasillos de usados.
Si sus relatos proponían una serie de futuros posibles, El Péndulo
establecería una suerte de meta-ciencia ficción: un podio marginal que,
con el diario del lunes, se asimiló como parte del status quo. “La
revista era, para bien o para mal, mi visión –dice Souto, cuarenta años
después-. No había presupuesto ni tiempo ni equipo. Era un proyecto loco
y pobre, que caminaba siempre por el borde del precipicio”.
Y el precipicio, en 1979, era el precipicio.
PERSIGUIENDO UNA FORMA
“Conocí a Marcial en Montevideo, a través de Levrero –dice Gandolfo-.
Levrero había vivido unos meses en mi casa de Rosario: la foto de
contratapa de La Ciudad se la sacó mi hermano en el almacén de la esquina, contra un cartel de 7up. Así que fui a Uruguay invitado por la revista Los Huevos de Plata, en calidad de director de El Lagrimal Trifurca.
Debe haber sido en el año 69. Era una época muy copada porque América
Latina estaba llena de revistas, circulaba información y sentido del
humor. Levrero había sacado La Ciudad en una editorial donde
Marcial tenía una colección muy loca de ciencia ficción. Ahí lo conozco y
pegamos onda enseguida. A su vez, una mina que le querían encajar se
puso de novia conmigo y fue un fracaso total. Después terminé casándome
con la primera mujer de Levrero”.
Tironeado por el matrimonio y una necesidad vital de migrar, Gandolfo
se fue a vivir a Uruguay en 1970. En los bares o el célebre
departamento de Levrero sobre la calle Soriano, se integró a un equipo
improbable con personajes como Carlos Casacuberta, Jaime Poniachik y el
propio Souto. Sin el horizonte de las dictaduras, todo parecía posible.
Así, mientras intercambiaban manuscritos y juegos de ingenio, Souto
viajó a Buenos Aires para recibir el encargo de su primera gran
traducción: El hombre imposible, de Ballard. El trabajo no solo inauguró una larga relación con el escritor británico, sino también con Paco Porrúa.
En marzo de 1973, Souto se instaló definitivamente en Buenos Aires.
No era el único emigrado del Uruguay. Con la primavera camporista en el
aire, muchos actores de la cultura oriental fueron cruzando el Río de la
Plata en busca de oportunidades. En el medio de esa Gestalt, Souto
tramó una alianza estratégica con Poniachik y se acercó a Andrés
Cascioli con el plan bajo la manga: una revista que, aprovechando el
interés por la ciencia ficción y la literatura fantástica, publicara
cuentos y artículos de autores argentinos y extranjeros. Cascioli, que
entonces dirigía Chaupinela, no se lo pensó dos veces. Propuso un
primer nombre (Teorema, rechazado porque ya existía una librería
llamada así), un segundo nombre (El Péndulo) y dio luz verde para el
número cero. En junio de 1975, cuando estaba a punto de entrar a
imprenta, cayó la bomba del Rodrigazo. El Péndulo, como la
revolución o el sueño de Acuario, se fue a dormir el sueño de los
justos en un cajón de Ediciones De La Urraca. Souto no se dio por
vencido.
En el preciso momento en el que el Proceso expandía sus tentáculos,
la editorial especializada Andrómeda daba sus primeros pasos y el sello
Orión se preparaba para lanzar su Revista de Ciencia Ficción y Fantasía.
Tres números donde Souto se permitió traducir a Cordwainer Smith y
publicar a su amigo Levrero. El cierre no acabó de desalentar al
director ni al sello, que a mediados de 1978 volvieron a la carga con el
único número de Entropía. “Paradójicamente, el hecho de que se
considerara a la ciencia ficción como evasión contribuyó a preservarla
de la censura –dice Pablo Capanna-. Muchos lectores hartos del best
seller descubrieron los libros del género, pero tuvieron que hacerlo en
las ediciones españolas, puesto que hasta Minotauro acababa de irse a
Barcelona”.
“Seguramente había un ambiente propicio –concede Souto-. Parecía que
todas las librerías se hubieran puesto de acuerdo para dedicar una mesa
entera a los magníficos libros de Minotauro, que por primera vez había
reeditado todo su fondo. Frente al aburrimiento y la pobreza cultural de
la dictadura, creo que esos libros inteligentes y bien traducidos
mejoraban un poco la vida a los lectores. Pero, mientras que un libro es
un mundo cerrado, una revista es un mundo abierto”.
El 1 de junio de 1978, Ediciones De La Urraca puso en la calle el nº 1 de Humor Registrado.
Propulsado por un staff notable y el ancla en el mundo de la historieta
y la ilustración, la revista no solo sobrevivió a su primer año sino
que formó una base nada desdeñable de lectores. Cascioli abrió el cajón
de su escritorio y agarró el número cero de El Péndulo.
Levantó el teléfono y llamó a Souto, que esta vez acudió sin Poniachik.
Era el otoño de 1979. Le ofreció una contrapropuesta: un suplemento de
Humor y Ciencia Ficción (la palabra humor era el anzuelo) que, si
funcionaba razonablemente, podría independizarse como revista. De manera
que, después de dos números publicados como suplemento en junio y julio
de 1979, quedó el terreno allanado para El Péndulo.
La carrera fue pura negociación entre la revista sobria y enigmática
de Souto y el desenfado expresionista de Cascioli. Así, mientras Souto
editaba la nota central de Capanna y escogía los cuentos de Bradbury y
Thomas M. Disch, Cascioli catalizaba algunos contenidos de Humor: una
tira de Inodoro Pereyra, la saga sci-fi de Alfredo Grondona White,
guiones de Guillermo Saccomanno, Las puertitas del Señor López, algunos adaptaciones de los Breccia y un artículo de Gloria Guerrero.
En septiembre de 1979, los kioscos de Buenos Aires exhibieron el primer número de El Péndulo.
Aunque el material era de altísima calidad, algo no terminaba de
cuajar. Los ensayos de Capanna (sobre Lem, sobre Ballard) y las críticas
cinéfilas de Anibal Vinelli (sobre Alien, sobre La Guerra de las Galaxias)
pulseaban con el tono satírico. Así, detrás de cada portada de Raúl
Fortín, la revista era la tensión entre lo que quería ser y lo que podía
ser. La fórmula terminó de desequilibrarse cuando, después de cuatro
números, se hizo evidente que no había manera de trasladar los costos al
precio de venta y Cascioli tuvo que bajar la persiana.
Para zanjar el vacío, se planificó una revista prosaicamente titulada como Ficción.
Nunca llegó a buen puerto pero, en el lapso de ese año, Humor pasó de
vender 40 mil ejemplares a 140 mil. La editorial, en ese parpadeo de
doce meses, alcanzó un período de bonanza. “Andrés me llamó para decirme
que teníamos la solución –recuerda Souto-. Miguel Grinberg acababa de
lanzar el primer número de Mutantia, que Ediciones de la Urraca
producía y distribuía. El formato, muy atractivo y ajustado a una medida
de papel que resultaba relativamente barata, permitiría, entre otras
cosas publicar lo que yo había pedido: cuentos largos con ilustraciones a
toda página. Además, al estar encuadernada con lomo, tendría una
sobrevida casi de libro”. Entonces sí: una revista con forma de libro.
El mundo abierto escondido adentro del mundo cerrado.
ODISEAS DEL ESPACIO
En la dieta macrobiótica de la contracultura argentina, la ciencia ficción tenía un lugar privilegiado. Mientras 2001: Odisea del espacio se transformaba en la Piedra Rosetta de una generación, las Crónicas Marcianas circulaban en el Parque Centenario y el Expreso Imaginario
publicaba notas sobre Philip Dick o Vonnegut. “Dentro de MIA, había
muchos interesados en esa literatura -dice Kike Sanzol, ilustrador y
percusionista del colectivo de los Vitale-. Nosotros ya estábamos
haciendo música con Nono Belvis: había pasado la parte del rock y nos
habíamos metido con el jazz experimental. Por mi cuenta, exploraba las
artes plásticas. Hacía las tapas de MIA y algunas cosas para afuera,
pero más que nada trabajaba para mí. Hasta que empecé a trabajar con
Cascioli y conocí a Marcial. Me encantó el proyecto de El Péndulo
porque, desde muy chico, yo leía ciencia ficción. Cuando tenía diez
años una tía me había regalado una caja llena con libros de Bradbury,
Sturgeon y todo lo mejor del género, así que era un área bien conocida
por mí”.
Sanzol y otros ilustradores como Fati o Nine se fueron acercando al proyecto. Asociada a Humor pero cada vez con mayor autonomía, El Péndulo
comenzó a dibujar su propia órbita y en mayo de 1981 sacó el primer
número de su segunda etapa. Carlos Gardini, Capanna y Gandolfo
concentraron esfuerzos a su alrededor, pero nunca lograron poblar una
redacción. “El Péndulo nunca llegó a tener un espacio
propio, ni siquiera una silla –dice Souto-. Trabajaba sobre todo en mi
casa y en bares, donde me encontraba con Gardini, que traducía buena
parte del material, y con Capanna, a quien periódicamente entregaba un
paquete grande de libros y le proponía una idea de nota. En poco más de
una semana Pablo leía todo, lo multiplicaba por sus impresionantes
conocimientos y escribía el artículo”.
La dinámica con los relatos era diferente. La revista fue
estableciendo una relación cordial con tres o cuatro agentes literarios
que se repartían buena parte de los autores predilectos del director y,
para mantener el motor, ofertaba un monto de dinero por un paquete
suculento de cuentos. Luego, a medida que se definía la grilla, repartía
los textos entre los ilustradores. “Marcial me pasaba alguna idea, pero
por lo general dejaba bien abierto el terreno –dice Sanzol-. Yo leía el
cuento y hacía la ilustración. En esa época usaba tinta china,
acrílicos, pasteles o tinta de bolígrafo. Los papeles eran papeles
buenos, papeles Schoeller. Cuando estaba lista, la llevaba a la
editorial. Normalmente, unos tres o cuatro dibujos por mes. Se trabajaba
con tranquilidad y pagaban bien. Marcial era una persona serena y
metódica. Aunque hubiera un montón de gente alrededor, procuraba buscar
un lugar tranquilo para hablar. Cascioli, por otro lado, era más
ansioso: una persona muy agitada. Todo el tiempo de acá para allá, todo
el tiempo riéndose. Con pasión y mucho amor”.
Cada dos meses, Gandolfo enviaba desde Piriápolis sus “Crónicas
terrestres”: una sección resbaladiza donde era capaz de conjugar
episodios extraordinarios de la vida ordinaria con su paneo
personalísimo de la literatura. “Yo soy muy bueno, y me jacto de eso,
para crear formatos –apunta-. Vos tenés que tener una estructura donde,
llegue lo que llegue, lo puedas tirar. Y para el caso de Péndulo, yo
tenía toneladas de revistas yanquis: ‘voy a usar todo lo que sea raro’,
me dije. Me mataba con gusto buscando la información y dándole una forma
especial, sobre todo en los títulos hasta cierto punto inspirados en
los Dubious Awards, una sección anual genial de la revista Esquire.
Era consciente de que la sección tenía pegada, porque era divertida e
imprevisible. Aparte de numerosos amigos ‘del palo’, recuerdo que un fan
importante era Ricardo Piglia”.
Cuando la segunda época se acercaba a su primer aniversario, el
director se sintió lo suficientemente confiado para hacer una propuesta
audaz. Construir un número especial alrededor de El Lugar, la
novela que llevaba más de una década inédita y se preparaba para cerrar
la Trilogía Involuntaria de Levrero. Cascioli aceptó el convite pero,
mientras se ponían a punto la entrevista y el ensayo que coronarían el
especial, convocó a una reunión en su oficina. Durante la instancia de
revisión, uno de los correctores señaló algunos pasajes que podían
provocar la comezón de la moralidad. La censura, en enero de 1982, no
era una abstracción. “Lo llamé a Levrero y estuvo de acuerdo con
suprimir lo que se le pedía porque casi no afectaba al relato –recuerda
Souto-; hasta me pareció que esa situación en cierto modo le hacía
gracia”.
LADO B
Siempre a contramano. En enero de 1983, en el preciso momento en el
que buena parte de los exiliados comenzaban a pisar el suelo de Ezeiza,
Marcial Souto hizo las valijas rumbo a Barcelona. Paco Porrúa, que había
recibido cada número de El Péndulo, lo esperaba con los brazos abiertos. Alentados por el reencuentro, planificaron una segunda vida para la revista Minotauro
y una colección de autores rioplatenses. En mayo de 1983, lanzaron los
dos proyectos en la Feria del Libro y reclutaron a buena parte del staff
icónico de El Péndulo.
El monstruo de dos cabezas se abrió paso. A lo largo de tres años, aparecieron once números de Minotauro y unos nueve libros de la colección (el debut de Eduardo Abel Giménez, dos volúmenes de Gardini, Aguas salobres de Levrero, libros de Gorodischer y Ana María Shua, etc.) que todavía reclaman una reedición. Las réplicas de El Péndulo,
mientras tanto, seguían moviendo la aguja. Durante sus estudios sobre
el género, Gardini encontró una frase perdida en las páginas de Science fiction: An Illustrated Story del sueco Sam J. Lundwall: “El Péndulo
es, sin duda, la mejor revista de ciencia ficción en contenido,
presentación y diseño que se haya publicado jamás en cualquier sitio”.
Enterado, Cascioli sintió un latigazo en la espalda de su orgullo y puso
la máquina nuevamente en marcha. El envión, esta vez, tuvo menos margen
para el carreteo.
Desde septiembre de 1986 y hasta mayo de 1987, se publicaron cinco
números más que expandieron el universo de la revista. “La revista Humor,
que tanto había crecido enfrentando la dictadura, dejó de ser tan
necesaria y empezó a perder lectores –dice Souto-. La editorial no solo
ganaba menos dinero sino que acumulaba pérdidas por algunos fracasos. En
esa situación, El Péndulo era invisible, y murió de
abandono. No recuerdo que me doliera. Quizá fue incluso una liberación.
Además, empezaban a llegar nuevas emociones, como la hiperinflación".
Cuarenta años después de su lanzamiento, el radio de su influjo es
inmedible. AHIRA (el Archivo Histórico de Revistas Argentinas) acaba de
digitalizar el catálogo completo, sus números siguen circulando en el
mercado de usados y buena parte de los autores y lectores del género
dedican loas a su memoria del futuro. “Su aporte fue fundamental no solo
en lo literario, sino en lo plástico –dice Gandolfo-. En lo personal,
haber conocido a mucha gente de primer nivel y trabajar con ellos en un
proyecto tan incitante. Aparte de las incontables charlas con Marcial
Souto. Tanto con él como con el Tano Cascioli habría que hacer dos
películas: ‘El ciudadano’, y ‘El ciudadano II: el lado B’, sin que tenga
importancia quién estuviera en cada una de las dos. Si hubiera faltado
cualquiera de los dos, la revista no hubiera salido”.
Apostado en Barcelona, Souto pone la mano sobre su frente y recorre
la parábola de su criatura. “¿Aportes? –se pregunta, lacónico-. Ayudar a
entretener, supongo, a miles de lectores en tiempos aburridos. Mostrar,
con Los nuevos apócrifos de John Sladek, el lado magníficamente
risible de una de las modas alentadas por la censura de la época: la
proliferación de libros de aprovechadores y piantados dedicados a temas
esotéricos, ovnis, la Atlántida, etc. Arrojar una semilla que no cesa:
escritoras y escritores que admiro y que entonces estaban en la
adolescencia o en la niñez, me han confesado que El Péndulo,
encontrado en la biblioteca de sus padres, había sido fundamental para
despertarles la pasión por la escritura. ¿Qué lugar me gusta pensar que
ocupa? Ninguno: el placer, como el saber, no ocupa lugar. Los recuerdos
personales de la época: sobre todo, conversaciones divertidas en un bar o
por carta con personas inteligentes, viejos y nuevos amigos que, si han
sobrevivido, lo siguen siendo hoy. Fue un gran privilegio, en una época
tan oscura, poder vivir de la imaginación”.
https://www.pagina12.com.ar